El apellido de un legendario jugador de baseball de origen dominicano, da nombre a un nuevo dúo del pop español, MOTA. A Manuel Martos, uno de los componentes, se lo aplicaban por error cuando su propio apellido no parecía correctamente escrito. Mota sonaba, en algunos círculos, mejor que Martos, y cuando este se rodó por algunos proyectos musicales, empezó a considerar el nombre de Mota como posible nombre artístico. Cuando se juntó con Álvaro de Azcárate, MOTA tomó nombre definitivo y se cristalizó un proyecto musical con las ideas claras y ganas de perdurarse en el tiempo.
MOTA, por tanto, son Manuel y Álvaro. A Manuel la música le viene de familia. Su padre es Rafael Martos, más conocido como Raphael, personalidad enorme en la historia de la canción en España y personaje carismático de gran peso y proyección popular. De Álvaro se sabe que, aunque empezó estudiando solfeo y piano, fue la guitarra eléctrica la que le encandiló. Con vidas separadas, Manuel y Álvaro "recorrieron, por sus cuentas", el camino que todo aficionado a la música atraviesa cuando decide, desde chaval, que lo suyo es dedicarse a la música. Manuel Martos, por razones familiares, vive entre México, Miami y España, pero desde que tiene 16 años se queda en Madrid por decisión propia con la única idea de centrarse en la música. La universidad, casi un imperativo familiar, no obstante, le marca y le convierte en licenciado en Dirección y Administración de Empresas. A Álvaro le pasa algo parecido. Ingeniero Técnico de Telecomunicaciones, es la música lo que le tira.
Pero el paso de ambos por la universidad les valió para bregarse, cada uno por su cuenta, como antes se señalaba, y actuar con sus respectivos proyectos en el circuito universitario, en pequeños festivales, concursos y salas madrileñas. Álvaro de Azcarate llegó a llevar lejos a Cero, un grupo en el que fue guitarrista, compositor y cantante. Manuel, hizo lo propio con In fraganti, banda que fundó y en la que cantaba y componía.
Así las cosas, un amigo común los presentó, y ambos, que hasta compartían año de nacimiento, 1978, empezaron a trabajar juntos para llegar dar forma y sentido a MOTA.
La música de MOTA es el pop rock, así descarado, sin apellidos ni calificativos. En algunos aspectos, continúan la escuela de pop madrileña que surgió en los ochenta con maestros como Antonio Vega, Enrique Urquijo y José María Granados. Pero son hijos de su tiempo y se nota que los noventa les han influido aún más. Y los noventa cuentan con la contundencia rabiosa de unos Nirvana, con el gusto por las melodías y estribillos pop de Oasis, Blur o Suede, y hasta con las secuencias y programaciones de Portishead o Massive Attack. MOTA conjuga Seattle con el brit-pop de manera natural, ambientes envolventes de la vanguardia digital, lo mismo que ecos y ritmos cortantes sesenteros (The Kinks, The Beatles...) con regusto americano (Manuel se confiesa fan de Tom Petty) y respeto a una buena melodía que dé forma a una canción.
No tiran hacia lo latino a lo Miami, ni a la fórmula facilona del pop rock juvenil y saltarín de fiesta-juerga-chico-conoce-chica. No son unos niños, pero su madurez conserva la ingenuidad precisa. A veces hay melancolía en sus letras, otras desamor, pero siempre ganas de vivir y un sentido muy positivo de la realidad. No hay más mensaje que la música como afición, como pretexto para hacer las cosas bien. Para sentirse feliz. Las letras y melodías del repertorio del nuevo dúo están creadas entre ambos, y es Manuel el que se encarga de defenderlas en público.
En directo, y llevan ya unos cuantos años de rodaje, se acompañan de Jaime, el hermano de Álvaro, a la batería, además de un bajista y otro guitarrista. Cuando no tocan ellos, a Álvaro y a Manuel no es difícil encontrarles, discretos entre el público, en muchos de los montones de conciertos que cada noche pueden verse en Madrid. Manuel reconoce que se ha perdido pocos de Pereza, otro dúo madrileño que les encanta a ambos.
MOTA empieza ahora su camino discográfico. El público conquistado en estos años por los bares de música en vivo, tendrá que verse ampliado con el que le empiece a conocer por las radios y los discos, una aventura siempre emocionante.
Su disco debú, con el propio nombre del dúo, mota, se ha grabado entre octubre de 2005 y febrero de 2006 con la producción del histórico Paco Trinidad. No hay que buscarle más, lo que hay dentro de mota es pop rock desenfadado, pero no banal. Con enjundia, pero no sesudo. Tienen un directo luminoso y unas canciones sencillas, pero con cargas de profundidad. No vienen a descubrir el mundo, ni a creerse más grandes que nadie. Vienen a pasarlo bien, y a hacer que otros disfruten también. ¡Es sólo pop y rock, pero nos gusta!.
MOTA, Canción a canción
De lo malo lo mejor.- Entre el Soy así, de Los Salvajes, y el A Well Respected Man, de Los Kinks. La revisión canalla para el siglo XXI de la candorosa Yo soy aquel que popularizara el primer Raphael.
Cada día.- Desasosiego juvenil del desamor. Rabia rítmica y sonora para pasar el trago cuando la persona a la que amas, pasa de ti. No hay final feliz, pero la esperanza no se pierde.
Hello.- El sueño de cualquier latin lover perezoso. La chica es la que empieza; y él, no tiene más que dejarse querer. Cuando las ganas aprietan, los idiomas no son barreras. Basta un ìhelloî, ¡qué sencillo!.
Día gris.- La amistad como bálsamo. Las ganas de consolar a la chica que el amor ha desorientado. Querer reconfortar, hacer compañía: necesidad de que a uno le sientan como imprescindible. Balada tierna para abrazar a una mujer que sufre.
No te lo cargues.- Cabaré pop, teatrillo musical, de nuevo Los Kinks... Vivir el momento, sin compromisos en el amor. A ver como convences de que prevalezcan sólo las pasarlo bien. Y unas gotitas que insinúan fraseos de rap con megáfono distorsionado.
Mi vida en la pared.- Otra vez guitarras tensas (¿The Edge?) para referirse a uno mismo y al amor desatendido. Gotas de Seattle y de brit pop, para un posible autorretrato que empieza en balada y acaba con las guitarras rompiéndose.
Quiero ser.- Historias de anhelos y deseos no ocultos. El contacto físico y el acompañamiento emocional van juntos: es lo que tiene el amor. ¿Qué más se le puede pedir a la vida que la felicidad de dar amor?
Voy.- Guitarras contundentes, ritmos quebrados. Declaración de intenciones, que no de principios. Caminos de ¿autodestrucción?. Puede que no tanto, pero reflejo de desencanto juvenil que cada generación, por narices, si quiere sentirse viva, tiene que pasar.
Y ahora qué.- Ecos de la nueva ola española de principios de los ochenta; con más rabia y menos inocencia. Melancolía por el amor perdido en medio de una tormenta eléctrica de guitarras y golpes de batería. Y, aunque acabe, de un buen amor siempre se guarda algo bueno en el corazón.
Dices que no.- Vacile a lo Green Day. Melodías conseguidas y gusto por las armonías vocales. Ella pasó de él antes y ahora se arrepiente. Con respeto y sin displicencia impostada, hay cierta chulería, pero sana.
Veinticinco.- Baladón, in crescendo, para terminar. Las ganas de vivir juntos. Compartir en pareja es una felicidad. Toda una vida. Los recuerdos se agolpan. No hay arrepentimientos ni reproches. Tampoco nostalgias ni añoranzas. Sonidos que se pierden en el espacio: la vida sigue, y le queda mucho.
Fernando Íñiguez (Primavera 2006)

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